Tras una estadía prolongada en España, y habiendo recorrido el mundo, el pintor puertorriqueño vuelve a establecerse en la isla y lo celebra con una exposición a gran escala en Galería Petrus
A Carlos Cancio le apasiona coleccionar vivencias culturales enriquecedoras que luego traduce en el lienzo mediante una mitología pletórica de sincretismo y color. Por eso se había prometido vivir en Europa una vez más y tras cumplir consigo mismo, el pintor puertorriqueño supo que era tiempo de regresar a casa, de obedecer el llamado de la tierra donde vio la primera luz.
Cancio se encuentra inmerso en el proceso de habitar su nuevo espacio en San Juan. Le quedan cajas de libros por abrir y canvas por estirar, luego de una década como vecino de un pueblo blanco de Cádiz, desde donde divisaba Gibraltar y la costa de Marruecos. En paralelo, ejecuta otra actividad que le sirve para aclimatarse a su nueva vida, lo que le llena de ilusión y energía. Se trata de “El mundo mágico de Cancio”, exposición de arte con la que anuncia su regreso en grande a la escena plástica isleña. No resulta exagerado decir que es “en grande”, ya que el artista ocupará los dos niveles de la Galería Petrus, en Santurce, con sobre una treintena de piezas de factura reciente. La apertura de la exhibición está pautada para el jueves 5 de febrero.
“Es un comeback. Quiero dejarle saber a la gente que estoy de vuelta. Y qué mejor que hacerlo con un show grande para que todo el público vea mi trabajo”, expresa Cancio. “Viví diez años en España; era la tercera vez que vivía en Europa, pero en mis planes siempre estaba regresar. Quería volver a vivir allá, no quedarme allá”, añade, al tiempo que comenta que solo le ha costado acostumbrarse el tener que conducir para cada gestión, puesto que vivía en un pueblo peatonal donde encendía el auto si acaso una vez al mes.
Con Cancio, Petrus se inundarán de color, de flores de flamboyán, hojas de yagrumo, cocos, flamencos, máscaras, santos, budas, cuerpos semidesnudos y rostros de antiguas realezas.
“Mi mitología es una mezcolanza, pero con un toque más tropical, sobre todo ahora que he vuelto a Puerto Rico. Cuando salgo a pasear mi perrita encuentro en el suelo flores, mangoes y cocos y me los llevo a casa. Empecé a pintar cocos de nuevo; son cocos accidentados, con sus manchas y rayazos, pero ahora de todos los colores; un poco más mágico. Por eso esta nueva exposición se llama ‘El mundo mágico de Cancio’”, explica.
“El yagrumo”, “Feliz con tres flamboyanes”, “En un mar de colores”, “La mujer jungla”, “La danza de los flamencos”, varias piezas de las series “Cocos y más cocos” y “The Art of Illusion”; “La menina en los jardines de palacio”, “Vejigante al monte”, “The Great Nefertiti”, “San Antonio y “Buddha in the Clouds” son algunas de las piezas con las que el público que llegue a Petrus dará la vuelta al mundo de Cancio, desde la magia de sus lienzos.
En estas piezas, como en todo su trabajo, se observa un colorido electrificante, como si de los cuadros emanara luz. En ese sentido, Cancio comenta que si la ausencia del colorido caribeño en España tuvo algún efecto en él fue inverso, pues allá su paleta se intensificó.
“Recuerdo que coordiné una visita a la basílica de la Sagrada Familia en Barcelona para el atardecer, con la intención de observar cómo entraba al templo la luz solar a través de los vitrales gigantes. Estudié la catedral de Notre Dame; la visité con binoculares para observar de cerca el efecto de sus vitrales, pero nada como la Sagrada Familia con sus vitrales que recrean el arcoíris. Todos esos colores inundan el espacio. Es como una luz líquida. Ves el color suspendido en el aire, como una mermelada. Es ese efecto vitral el que trato de transmitir, con esos colores bien intensos y esas líneas negras bordeándolo todo”.
Entonces Cancio se adentra en algunos detalles de su proceso creativo. “Pinto mediante superposición de capas para crear un efecto glaseado. Al imponer una capa sobre otra los pigmentos quedan suspendidos. Aunque sea el mismo color, la luz entra a la última capa interior y refleja hacia la superficie. Es un efecto rebote de luz, no solo de color. Pinto con mucho medio y como pinto corrigendo, porque en realidad no sé pintar, corrijo todo el tiempo. Pero no corrijo por completo y esas capas permanecen, se siguen viendo, un color sobre otro, translúcidos. Al final el ojo no identifica del todo qué color está viendo”.
No es raro percibir un aura onírica en sus obras.
“Tengo sueños lúcidos. Me acuesto a dormir pensando cómo voy a culminar una pintura en proceso, para dormirme con eso en la mente y que el subconsciente trabaje. Al despertar tengo una idea más clara. También recurro a mis dibujos. Tengo personajes que siguen viviendo a través de mi trabajo. Es como García Márquez con los cuentos de Eréndira, que encuentras los mismos personajes, pero a la vez no son los mismos y los ves de nuevo en una novela o en un cuento”.
Una obra literaria, una representación teatral, un día en la piscina, lo grande y lo pequeño, todo inspira a Cancio.
“Soy universalista. Mi propósito es seguir estudiando. Me apasiona la antropología. Estudio todas las culturas; cuanto más antiguas y primitivas sean, mejor. He estado en India. He recorrido Asia. Estuve en Egipto, en Grecia, en China. Me encanta ir a México, al Museo Nacional de Antropología. Puedo pasarme días enteros en los museos. Me apasiona el tema de las religiones, aunque no soy religioso; soy espiritual. He estudiado manuscritos celtas, medievales, bizantinos y las culturas africanas. Es así como adquieres una manera de pensar diferente. Entiendes las analogías, cómo todo se transforma, cómo una cultura absorbe otra cultura, la hace desaparecer, la niega, pero incorpora todo y le pone otro nombre”.
¿Qué es lo primordial que busca transmitir al espectador con su trabajo?
“Busco ese efecto de asombro, de impacto, para provocar que observen, que se acerquen. Mis piezas son para verlas desde varias distancias: primero cerca; me gusta que se vea que hay mucha pintura, los puros brochazos. Luego te alejas un poco y descubres algo y cuando te alejas más, encuentras otra cosa. Mis piezas son suficientemente ambiguas para que el observador las acabe con su propia interpretación. La gente me pregunta ‘¿qué está pasando ahí?’ y yo les pregunto, ‘¿qué tú ves?’. Entonces la gente me responde que ve algo y les digo: ‘dime dónde lo ves para verlo también’. Así puedo ver cosas que yo pinté pero que no había visto. Eso me encanta. Yo hago una pintura que solamente veo yo. Nadie ve lo que yo veo. La próxima persona que la admira ve otra cosa. Quiere decir que si la ven mil personas hay mil pinturas. Eso quiero, que las vean la mayor cantidad de personas posibles para que sean las más pinturas posibles de un solo cuadro que yo pinté”.


