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Iván Alejandro Báez retrata la cotidianidad de la naturaleza en “Alba”

Iván Alejandro Báez retrata la cotidianidad de la naturaleza en “Alba”
Monte en Aguas Buenas, 48" x 48"

Iván Alejandro Báez retrata la cotidianidad de la naturaleza en “Alba”

El joven pintor puertorriqueño alcanza nuevos niveles de expresividad y abstracción mediante el estudio de la luz y su efecto transformativo sobre el paisaje.

Recorrer la obra reciente del pintor Iván Alejandro Báez es incitar la memoria mediante un juego intenso de luces y sombras que evocan paisajes sobre los que en algún momento posamos la mirada y que, por su cotidianidad, permanecieron en estado latente hasta ahora.    

Bajo el título de “Alba” Báez presenta esta colección de piezas inéditas en Galería Petrus, en Miramar, el jueves 13 de noviembre de 2025 de 7:00PM a 9:00PM. “He reunido una serie de paisajes que no buscan retratar lugares icónicos, más bien rincones cotidianos que podrían pasar desapercibidos y que para mí tienen un significado especial. Cada una de estas obras nació en un momento de grandes cambios en mi vida, y pintar estos escenarios de naturaleza caótica fue un ejercicio de comprensión. Del mismo modo que se desarrolla una visión del mundo, una perspectiva con la que interpretas todo, se materializa una interpretación pictórica”, explica el artista.

En poco más de una década de trayectoria profesional, la evolución artística de Iván Alejandro Báez resulta más que evidente, producto de la disciplina, la observación, la formación y la reflexión. Su crecimiento se plasma en la manera de abordar las formas, en una paleta que avisa la solidificación de una identidad y en el proceso interno desde el cual gesta cada pieza. 

“El ejercicio de pintar e interpretar lo que veo me acerca más a conocer cómo percibo la realidad; a entender que es simplemente mi esquina del cuarto y no el centro. Por consiguiente, todos tenemos un pedazo de verdad, una esquina desde la cual vemos las cosas, pero la realidad más fidedigna es la mezcla de todas nuestras esquinas. En mi esfuerzo de entender lo que veo en el mundo, también ocurre el fenómeno de la ilusión del espectador. Es decir, al observar estos paisajes, nos damos cuenta de que no solo estoy yo percibiendo la naturaleza, sino que la naturaleza se está percibiendo a sí misma a través de mí. Hay una especie de juego de espejos, donde el observador y lo observado se mezclan. Así que también es un diálogo: un momento donde la naturaleza y el espectador se miran y se descubren mutuamente”, explica Báez. 

Tal y como sugiere su nombre, en las piezas que conforman “Alba”, la luz ocupa un lugar protagónico, en composiciones donde incluso lo ausente comunica. “A través de esta serie, utilizo la luz, la forma en que cae sobre los espacios o la manera en que un paisaje se despliega, como un espejo de mi propio proceso de entendimiento. Estos paisajes se convierten así en metáforas de las personas con las que he compartido esos espacios y de los momentos que he vivido en ellos. En esta exhibición, todas las obras son una forma de paisaje -unas más abstractas que otras- sin figura humana. Esto tiene que ver con la actualidad en Puerto Rico. Estos lugares no caben en una maleta. Me refiero a que dejar estos espacios es uno de los sacrificios que las personas hacen cuando se tienen que ir a vivir fuera de la isla. Con esta exposición busco evocar los buenos recuerdos que guardan los espacios donde nos criamos, expresar el amor y el agradecimiento que tengo por Puerto Rico. Que no importa en qué parte del mundo estén, al mirar la obra se acuerden de ese lugar importante, que sepan que estará esperándolos cuando regresen”.

Además, como parte de su compromiso social, Iván Alejandro ha donado el diseño de una de sus obras para ser utilizada en camisetas disponibles por $20.00. Los fondos recaudados beneficiarán al programa educativo de la organización sin fines lucro Adopta Ahora, que promueve la adopción de niños de 6 años en adelante en hogares sustitutos bajo la custodia del Departamento de la Familia en Puerto Rico.

“Iván Alejandro Báez es uno de los artistas plásticos jóvenes que ya destaca por su continuo trabajo en la pintura. En esta ocasión, la reconocida curadora e historiadora Mercedes Trelles trabaja con su obra y realiza un ensayo sobre esta exposición. Báez ya ha participado en Miami Art Week y expone en Barcelona, España. Entendemos que este año se presentará nuevamente en la feria Pinta Miami. Mientras tanto, se concretan varias invitaciones para exhibiciones internacionales durante el 2026”, asevera Sylvia Villafañe, fundadora y directora de la Galería Petrus. De hecho, fue en este espacio y bajo la dirección de la experimentada galerista que Báez irrumpió en la escena plástica isleña como parte del colectivo Generación Reactiva.  

La Galería Petrus está localizada en el 726 de la calle Hoare, esquina Las Palmas, en Miramar. Para más detalles y para asistir a la apertura de la exposición puede comunicarse al 787-289-0505 | 787-318-8993 o por correo electrónico a info@petrusgallery.com. También en Instagram y Facebook; galeriapetrus.


Alba: paisaje, abstracción y percepción

Por Mercedes Trelles Hernández, PhD

¿Qué es un paisaje si no hay horizonte? Iván Alejandro Báez nos plantea esta pregunta en su más reciente exposición en la Galería Petrus, titulada Alba, renacer de la vista. En esta muestra el artista presenta once lienzos que retan la tradición del paisaje al adoptar el formato cuadrado y sumergir al espectador dentro de la naturaleza. Los paisajes de Báez nos confrontan con ausencias y recuerdos, pero sobre todo activan nuestro sensorio, recordándonos la riqueza lumínica, auditiva y táctil de nuestra tierra.

Báez forma parte de la Generación reactiva reunida por Sylvia Villafañe en 2016 bajo el lema: “el arte no se quita, seguimos y sobrevivimos.” Formado en la Escuela de Artes Plásticas, su trabajo se ha nutrido constantemente de la obra de maestros que insisten en la figura humana, como Elizam Escobar, Ángel Narváez o Luis Borrero. Sin embargo, en esta cuarta muestra individual la figura está ausente. Esta ausencia resulta desconcertante y acertada a la vez. Desconcertante porque el género del paisaje en Puerto Rico casi siempre invoca la figura – ya sea a través de la casa campestre o de pequeñas presencias humanas. La naturaleza por sí sola rara vez ha sido la base del paisaje nacional —ni en Oller, ni en Pou, ni en Tufiño. Pero es también una decisión certera, pues nos obliga a concentrarnos en el drama del color, las formas, la luz y la sombra, la textura, la línea y el ritmo que cada obra genera. La ausencia de figuras convierte el acto de mirar en una experiencia de sensaciones y reconocimientos; la pintura se aproxima así a la meditación.

Templo en Gurabo es un excelente ejemplo de lo que Báez logra al remover la figura y sumergirnos en el paisaje. Sobre un fondo azul, elementos lineales en tonos ocres y crema forman una retícula que es a la vez gestualidad y figura. El fondo oscuro sugiere sombra, mientras que las manchas estructuran una sensación de hojas y ramas en movimiento. Al no haber figuras ni horizonte, la obra provoca la sensación de inmersión: nos sentimos bajo la copa de un árbol, envueltos por su frescor. La vista deja de ser instrumento de razón o dominio; los ojos siguen con entusiasmo las manchas alargadas que crean el ritmo visual. No hay líneas rectas ni orden impuesto, sino el placer de la vista. Es una pintura animada y sensual en la que abstracción y figuración se mantienen en equilibrio y tensión.

Otras obras de la muestra sostienen un balance similar, evocando a los impresionistas y postimpresionistas del siglo XIX, que mantuvieron en precario equilibrio el gesto pictórico y la figuración. Pensemos en Monet y sus nenúfares —a la vez manchas y paisaje— o en Van Gogh, donde la línea puede ser lluvia y/o signo pictórico. En pinturas como Palmas en un atardecer, Rincón, Lago en Navarro, Bambúes en Gurabo y La zanja, Fajardo, se despliega ese juego entre mancha y línea, entre superficie pictórica e ilusión del paisaje. La comunión con la naturaleza ocurre a la par que el placer ante la materia pictórica. En algunas piezas, Báez incluso introduce elementos táctiles mediante un material inusual —pega para paneles de PVC— con el que logra superficies desiguales, rugosas y ricas al tacto.

Mirar estas obras de forma prolongada abre vías para adentrarse en ellas. Para el artista, la ausencia de la figura es una huelga, una forma de protesta frente a la partida de familiares y amigos. Pero también es una exploración de la percepción. Como señala en su Exhibition statement: “Hay una especie de juego de espejos, donde el observador y lo observado se mezclan. Así que también es un diálogo: un momento donde la naturaleza y el espectador se miran mutuamente y se descubren.” En efecto, al mirar detenidamente las piezas, sentimos un llamado a la introspección y a la aceptación de un orden distinto, no lineal ni utilitario.

Uno de los aspectos más notables de la muestra —además de la tensión entre figuración y abstracción y del extraordinario ritmo de los lienzos— es el reconocimiento inmediato de la naturaleza. Aún en un mundo acelerado donde el trabajo parece ser el único norte, sentimos una punzada de familiaridad frente a esa naturaleza que se enreda con la abstracción. Antes de leer el título, intuimos que las líneas blancas que se mueven en espiral sobre fondos naranjas y marrones son palmas en Palmas en un atardecer en Rincón. Algo en la paleta y en la composición inferior nos sugiere el carácter acuático de Lago en Navarro, mientras que adivinamos los bambúes esbeltos en Bambúes en Gurabo mucho antes de confirmarlo. Ese reconocimiento inmediato es testamento de la maestría de Báez y de nuestra compenetración colectiva con el paisaje.

La luz y la sombra desempeñan un papel esencial en su propuesta. En obras como Monte en Aguas Buenas, Noche en el Yunque, Río Grande, Arriba en el Yunque, Río Grande, Sendero a Playa Negra, Vieques y Anochecer en Cacaos, Orocovis, el artista presenta paisajes a contraluz. Esto permite intuir un horizonte, pero la textura y el punto de vista refuerzan la sensación de cercanía, dificultando la noción de dominio visual. Monte en Aguas Buenas, con su rica gama cromática y su intenso empaste, presenta la naturaleza de forma casi escultórica. En Noche en el Yunque, Báez trastoca nuestra percepción de luz y sombra, creando un paisaje plateado que enfatiza la paradoja entre noche y luminosidad. Mientras tanto, Arriba en el Yunque, Río Grande contrapone marrones, naranjas y ocres con una energía que evoca la monumentalidad de las piezas de Anselm Kiefer. Una y otra vez, Báez investiga el paisaje como punto de encuentro entre mancha y figura, luz y sombra, espectador y sensorio. Más que sentirnos observados por el paisaje, sentimos que el paisaje es una extensión de nosotros mismos.

Solo una pieza representa una casa: Central Aguirre, Salinas. En ella domina el blanco y su trazo enérgico recuerda el momento en que el costumbrismo puertorriqueño se encontró con la abstracción, en manos de artistas como José Antonio Torres Martinó. Esta obra, bella y luminosa, nos devuelve una mirada extranjera. No sentimos inmersión, sino distancia. Con sutiles toques de blanco y verde claro, Báez logra que el árbol, la luz y la sombra dominen la vista, pero la distancia —con el pasado, con el modelo económico de la plantación— se impone. Aquí, el horizonte existe, pero es el del pasado.

Volvamos entonces a la pregunta inicial: ¿qué es un paisaje si no tiene horizonte? En su pintura, Iván Alejandro Báez nos ofrece varias respuestas. El paisaje es mancha, dinamismo, luz y sombra, tactilidad. Pero también es reconocimiento instantáneo, sentido de pertenencia, experiencia compartida. Como afirma el artista: “En el fondo, Alba es un acto de transformar esa complejidad de la naturaleza y de mi propia vida en algo nuevo, un amanecer que refleja una nueva manera de ver y de sentir.” Hay mucho placer en esta muestra —placer de la vista, del tacto, del recuerdo y del sentido de pertenencia— y también una invitación a pensar cómo nos relacionamos con la naturaleza, cómo vivimos la cotidianidad caribeña y cuál es, finalmente, nuestro horizonte.

Mercedes Trelles Hernández, PhD

Profesora del Programa de Historia de Arte

Universidad de Puerto Rico

Recinto de Río Piedras

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